No te cruces mujer, empezó el partido!!!!

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Por: El Cavernario

Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart es el nombre completo de un niño prodigio que se consagró a la música menos por vocación que por insistencia de su propia naturaleza. A los 5 años ya componía obras musicales y los interpretaba para la aristocracia y la realeza de su época (1756-1791). Inspirado por él, germina en el arte de combinar los sonidos otro niño prodigio: Beethoven.

La diferencia entre ambos genios de la música radica no sólo en la riqueza de su composición artística, sino en la forma en que fue adquirida por cada uno. Mientras Mozart tenía oído absoluto y una inclinación innata a la música, Beethoven se cultivó en esa tarea obligado por el padre que, dicho sea de paso, pretendió convertir Ludwig Van en un émulo de Amadeus.

Observamos con este ejemplo, que las habilidades pueden provenir del Espíritu Santo o de un pertinaz sacrificio por imitar a otro. De hecho, las costumbres derivan de la copia de las usanzas de las generaciones anteriores y tienen rango coherencia. Un pibe mira los partidos de fútbol porque lo vio a su padre hacerlo. Cuando ese pibe  es padre, su hijo seguirá sus pasos, es decir lo imitará. Esa es nada más que una costumbre. A saber de este escriba es una buena costumbre, pero no es, ni por lejos, un talento ni siquiera una habilidad.

En cambio, sí podemos concederle, con patrón de justicia, el rótulo de habilidad o talento, a la cualidad de la mujer que se interpone con perfecta sincronización entre el gol o la jugada de riesgo que registra la TV y el espectador macho que la estuvo aguardando quizás durante días.

La magnitud de esa habilidad femenina no ha sido materia de una merecida indagación científica. ¿Cómo es posible que la mujer siempre, recurrentemente, se cruce frente a la pantalla de cara al peligro de gol? ¿Y cómo es posible que lo haga siempre también para rescatar del respaldo de la silla un pullover que está ahí desde hace como tres semanas? ¿Cómo es posible tamaña sincronización?

Sin dudas, se trata de un fenómeno clásico e inexorable que el hombre, aún cuando la televisión data de 1960 en nuestro país y la televisación de los partidos desde esa fecha más o menos, no logra entender, definir ni erradicar de las prácticas cotidianas.

La fuerza del matrimonio impide que este talento sea motivo de divorcio directo, pero es justo decir que contribuye notablemente a la disolución de las parejas. Sin ir más lejos, durante el partido Argentina Brasil y mientras el encuentro se sostenía empatado (no vamos a dar nombres por cuestiones legales) la señora X se cruzó en los tres goles de Messi consecutivamente.

Una síntesis de esa situación es esta. Empieza el encuentro y la señora X se sienta junto al señor Z con pava y mate, porque a ella “lo único que le gusta del fútbol es la selección y más en el Mundial”. El señor Z permanece mudo e impertérrito como una piedra o una monumento de mármol (algunos observadores aseguran que no habla para evitar dar pie a una conversación trivial y que esta es precisamente una costumbre muy masculina en este tipo de eventos). La señora X, no obstante, interviene: “¿Está bien el agua?”. “Si”, responde seco el señor Z, a lo que ella insiste “¿O está medio frío?”. El señor Z mueve la cabeza a los lados y entrecierra los párpados. Van apenas tres minutos de juego.

Los chicos solicitan la presencia de la señora X, ella se levanta y justo, justo, se produce el primer gol de Messi. Argentina empata, por lo que los insultos que el hombre iba a proferirle, ahora son sólo murmuraciones. Viene la repetición y la señora X regresa a su asiento. Lo hace exactamente al momento de la reiteración. Ni un segundo antes ni un segundo después, exactamente ahí. El señor Z le arranca la cabeza a un mono de peluche que estaba entre su culo y el almohadón del sillón y hacía un ratito que le molestaba.

La escena se repite igual en el otro gol, sólo que en este caso la señora X se levantó en busca de un plumero para sacar una telaraña que nacía en la lámpara del living. Argentina 2, Brasil 1.

El partido se da vueltas, los brasileros, eternos rivales de los argentinos, pasan a ganar. El humor del señor Z no es, para nada, el mejor. Suena insistentemente el teléfono de la casa y ninguno de los moradores se anima a atender, porque si es para el señor Z será para problemas y si no es para él, peor.

Se escapa Messi y comienza una corrida de derecha a izquierda, rápido, parece que se va a acomodar para su mejor pierna… La señora X no aguanta más. Puede ser su madre, la suegra del señor Z, la que insiste del otro lado del teléfono. Se para y va a atender. Gol, gol de Messi, Gooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooollllllllllllllllllllllllllllllllllllllll de Messi. El señor Z fue súbitamente tapado por el cuerpo de la señora X y no pudo verlo. Como un avezado zaguero central cerró totalmente la perspectiva del señor Z.  Ella comienza a hablar de unas cortinas con su madre, la suegra del señor Z.

El partido terminó. Han pasado dos horas. Un amigo del señor Z lo telefonea para comentarle los goles de Messi, mientras él busca algunas repeticiones en canales de deportes. Desde esa noche está internado en el Instituto del Diagnóstico. Hay talentos que no se les reconocen convenientemente a las mujeres.-