OCASO DEL AMA DE CASA

Por El Cavernario

Unos meses atrás, un joven renegó del preció de una hamburguesa al paso. Lo indignó el precio: 15 pesos.

Dijo para las cámaras de la televisión que él, con 15 pesos, hacía “un alto guiso”. La ocurrencia, el tono “chabón” y el entorno en el que se produjo (ingresaba al estadio de Lanús y fue captado por un programa deportivo de TV) rápidamente catapultaron la imagen y la frase a Youtube y de ahí a la fama.

La declaración del muchacho azuzó la curiosidad y cuántos vieron el video intentaron el cálculo gastronómico: ¿Es posible hacer un guiso con 15 pesos? Esa fue la pregunta. Antes que recurrir a los especialistas en microeconomía, las fluctuaciones de los mercados o las estadísticas bursátiles, las más consultadas fueran las amas de casa. La frase produjo otra revelación: ya casi no quedan amas de casa.

En efecto, la desaparición progresiva de este tipo de mujeres, que supo abundar en los hogares desde mediados del siglo XVII hasta finales del siglo XX es un fenómeno no siempre convenientemente observado. El ama de casa mutó a ama-de-sí-misma, menos congraciada con las labores hogareñas que con una pertinaz voluntad de salir de ellas.

Curiosamente, las primeras en observar el cambio cultural fueron las mujeres, pero en su rol de suegras. La observación distó de ser científica, pero el descubrimiento estaba revelado: “Esta chica no sabe ni preparar un huevo frito”, señalaban las señoras sobre la impericia culinaria de su nuera.

Y estaban en lo cierto, algunos sociólogos de la vida (siempre varones) confiesan que el desapego de las jóvenes por las tareas de la casa es tal que algunas confunden a la “cazuela de mariscos” con un balneario español o el “puchero a la vasca” con una protesta independentista. Es más, dicen que algunas chicas creen que jamás se dedicarán al lavado de dinero, porque secarlo le puede demandar horas.

Es que están empapadas en otros entretenimientos. El gimnasio, por ejemplo, es un vehículo de socialización importante. Funciona menos como modelador aeróbico que como ágora de conflictos ajenos. Y por lo general, tienen como tema central a la deportista ausente: “Me imaginaba que no venía, con los problemas que tiene con el marido…”, le asegura una a la otra, sin dejar de pisar sobre la loneta mecánica que gira y gira.

Allí, donde antes se intercambiaban recetas, ahora se conversa sobre lugares de ropa a la moda. Un espárrago, por caso, suena a un estilo de pantalón ajustado en la zona baja de la pierna y un colador es un corpiño con agujeritos y encaje. A una ensaimada, le oponen el sushi y a una empanada criolla una barra de cereal. Diet, diet.

Y no tienen tiempo para cocinar. Su programa preferido ya no son las novelas de la tarde, sino cuestión de peso, en que se ponen en evidencia todas las problemáticas de la ingesta desmesurada. Por eso, cuando el hombre llega a casa, a eso de las 22, y la mujer le confiesa que no sabe qué hacer de cenar, en realidad lo está protegiendo de la obesidad.

Sin abastecerse de una milanga completa en la clandestinidad todos los mediodías en el bar piojoso de la esquina, un oficinista promedio podría morir por desnutrición en apenas dos semanas confiado a los preparados de su esposa.

Cuando las chicas recorren viejos libros de lectura infantil que dicen “Ana lava los platos”, les resulta increíble el tamaño grado de esclavitud que padeció la mujer del siglo pasado. Para ellas, el delivery es el apogeo victorioso de la lucha de géneros.

Un “matambre” es un asesino; un “ñoqui” el tipo que no va a laburar; un tallarín el hincha de Talleres de Córdoba , el “azafrán”, una palabra que tiene todas “a”; un “mango”, la plata y el “arroz con leche”, una canción de cuna.

En fin, el microondas vino a equilibrar un poco las cosas. Siempre y cuando, claro, no se corte la luz, porque los hombres “no saben ni cambiar un tapón, no saben”. Ja.