No todo lo que brilla es oro

 

Por Bruno San Martín.- 

Estimada lectora, piense bien antes de leer estas líneas. Tome los cuidados necesarios porque lo que puede ver aquí quizás no sea de su agrado. Si opta valientemente en lanzarse a la lectura, tenga a bien entender estas palabras como un consejo. Puede ser también una advertencia.

El mundo de los hombres no parece tan intrincado como la maraña mental femenina, pero en algunos casos sí lo es. A diferencia de las féminas, el “homo erectus” de esta era tiene principios más primitivos, y por ende, más fáciles de descifrar. Por eso mismo, si usted cae seducida en las garras de un muchacho, señor o caballero que maneja un lujoso auto importado, desconfíe.

Detrás de los vidrios polarizados, del volante recubierto de cuero, del tapizado de terciopelo, de la computadora de a bordo de última generación, de las llantas cromadas, del stereo cuadrofónico y de tantos otros detalles superfluos para un coche, se esconde un macho deprimido por alguna disfunción sexual.

Eyaculadores precoces, impotentes, y los siempre mal habidos “pijicortos” se esconden detrás de fastuosos autos imposibles de alcanzar para la gran mayoría de los mortales. Visten de la misma manera que manejan, con un lujo excesivo y haciendo ostentación de lo que tienen (en cuanto a poder adquisitivo) para ocultar desesperadamente lo que les falta (una vida sexual plena).

Está claro que toda regla tiene sus excepciones y quizás sean fáciles de encontrar. Si usted pensó o imaginó a apuestos deportistas o galanes de moda como refugio para escapar a esta teoría, estará otra vez ante las puertas del chasco.

Las materialistas, las que piensan en un porvenir lleno de dólares no se detendrán en esta reflexión y optarán por comprobarla con un dejo de satisfacción. Claro, para ellas hay amantes, dildos(lease consoladores) y otras maneras de satisfacer las “necesidades básicas” de toda pareja.

Si usted busca amor, pese a cualquier disfunción, va por el camino equivocado. Aquel discapacitado afectivo que maneja un auto de 500 mil dólares es muy difícil que ame a alguien más que a sí mismo. Es un ególatra, un soberbio y como tal, ignora lo que es el amor hacia otro ser humano. Su medida no es cualitativa, sino cuantitativa. Cuánto dinero gana, cuánto gasta en autos y cuántas minas acumula en su prontuario sexual. No importa el cómo. Tampoco le importa ser “pijicorto” o terminar mucho antes de lo que pide la acción. Es muy probable que se crea el mejor amante del mundo y que todas se rinden a sus pies por su irresistible facha. Error, ya lo dijo Jacobo: “billetera mata galán”. Su ego está satisfecho con la conquista, con el mero levante y no con la consecuencia de esa seducción.

La pobreza afectiva de estos homos es su característica principal. De ahí, todo se decanta. Son malos en la cama, se llevan peor con las mujeres (algunos son manifiestos misóginos), son poco solidarios, sus lazos familiares son endebles y las amistades se cuentan nada más que en las salidas nocturnas.

No existe una comprobación empírica para esta teoría. Solo la experiencia y algún que otro chusmerío de pasillo. Tómelo como una advertencia. Si anda por la calle y un lujoso auto hace resonar su bocina, no se deje hipnotizar por el canto de sirena que se traduce en lujo. Piénselo dos veces  o aténgase a las consecuencias.